Memoria Claretiana ’20-G.Testa

El carisma de Claret y su llegada a América Latina y a La Paternal

Éste año tiene la particularidad de reunir tres eventos que son motivo de festejo pero a la vez de reflexión en torno al sentido del carisma y de la misión común que religiosos y laicos tenemos en el ámbito de las obras claretianas: 150° aniversario de la llegada de los claretianos a América Latina, los 70 años de fundación de nuestro colegio (abril), y el 150 aniversario del fallecimiento del p.Antonio María Claret (octubre). El objetivo de las siguientes líneas es ofrecernos una breve visión histórica que motive agradecimiento, reflexión y renovado entusiasmo por la significativa tarea que compartimos, la educación de las nuevas generaciones.

Prof. Gaetano Testa

Los últimos días del p. Antonio María Claret

El primer evento que evocamos –aunque sea el último en celebrarse en el calendario 2020- es el del fallecimiento del p.Claret, que históricamente se ubica el día 24 de octubre de 1870, a las 8.45 de la mañana. El Padre Jaime Clotet revela su grado de intimidad con Dios: así como enseñó a vivir para el Señor, enseñó a morir en el Señor. Mantuvo en esa hora -en el exilio en Fontfroide, Francia- su propósito de derramar su sangre por amor de Jesús y de María, y de sellar así las verdades del Evangelio (Aut 577).

Si pudiéramos sintetizar el núcleo de la vida de Antonio Ma Claret, lo haríamos con dos expresiones escritas de su puño y letra: su oración apostólica, en la que habla de la misión de su vida y su definición del misionero, en la que describe su propia vida y su programa de santidad que nos ha confiado. A continuación, apreciemos la riqueza que trasuntan sus palabras:

  • “¡Oh, Dios mío y Padre mío!, haced que os conozca y que os haga conocer; que os ame y os haga amar; que os sirva y os haga servir; que os alabe y os haga alabar de todas las criaturas. Dadme, Padre mío, que todos los pecadores se conviertan, que todos los justos perseveren en gracia y todos consigamos la eterna Gloria. Amén”
  •  “Un Hijo del Inmaculado Corazón de María es un hombre que arde en caridad y que abrasa por donde pasa. Que desea eficazmente y procura por todos los medios encender a todos los hombres en el fuego del divino amor. Nada le arredra; se goza en las privaciones; aborda los trabajos; abraza los sacrificios; se complace en las calumnias; se alegra en los tormentos y dolores que sufre y se gloría en la cruz de Jesucristo. No piensa sino cómo seguirá e imitará a Cristo en trabajar, en sufrir, en procurar siempre y únicamente la mayor gloria de Dios y la salvación de las almas”.

Que estas palabras que sintetizan una vida entera aviven el fuego del amor de Dios dentro de nosotros. Que en nuestra entrega cotidiana encarada con sentido misionero, la llama del amor de Dios que sigue ardiendo sin quemarnos encienda también el corazón de nuestros estudiantes y de sus familias.

Los inicios de la misión claretiana en América Latina

El 22 de enero de 1870 llegan los misioneros claretianos a Chile, primera casa-misión en América Latina, 20 años después de la breve presencia del fundador, el p.Claret devenido arzobispo de Santiago de Cuba, en las Antillas. Él mismo había denominado a nuestro continente como la “Viña joven”. Eran tiempos de inestabilidad política en la mayoría de los estados americanos apenas emancipados del colonialismo europeo; les costaba consolidarse como naciones independientes mientras buscaban su lugar en el concierto del nuevo mercado internacional del trabajo. Es un período de fuerte puja entre conservadores católicos y republicanos liberales. Los primeros buscaban mantener un orden social estratificado y jerárquico como el virreinal, sostenido por un Estado fuerte. Y los otros defendían la soberanía del pueblo, los derechos de propiedad y libertad personal, sin tutela de instituciones como la Iglesia; para ello necesitaban un Estado más débil, equilibrado por tres poderes y regulado por medio de elecciones periódicas.

Son aquellos tiempos en el que las ventajas comparativas por los recursos de materia prima con los que cuentan las naciones americanas les permiten periodos de bonanza económica y el inicio de la modernización y desarrollo de infraestructura y el transporte. Pero han pasado del colonialismo a la dependencia imperialista fundamentalmente inglesa. Además, aumenta en el periodo la exclusión social y la discriminación racial.

La Iglesia Católica vivía un periodo de reorientación en medio de sus conflictos con las nuevas generaciones liberales que llegaban al poder político. Muchos gobiernos buscaban despojar al clero de sus antiguos privilegios, arrebatarles el control de la educación y expropiar sus bienes. Era una Iglesia aliada a los conservadores y por eso considerada reaccionaria y “a la defensiva”. Sus sacerdotes se formaban en Roma y pensaban la teología con los modelos europeos. El pueblo en general mantenía una adhesión al culto católico, que aún les proponía un modo de religiosidad intimista y privatizada. Aires nuevos los ofrece, sin embargo, la encíclica Rerum Novarum de León XIII al afrontar por primera vez la cuestión social.

La congregación, antes de “salir a los confines de la tierra” venía de superar dos graves crisis: la de la partida de su Fundador como obispo en Cuba en medio de los convulsos aires políticos de la España liberal en 1850, y la persecución y huida a Francia de todos los miembros de la congregación perseguidos en 1868 por la revolución liberal (“La Gloriosa”). La alegría la dieron la temprana aprobación definitiva de las Constituciones de la congregación y algunas fundaciones fuera de Europa.

Una de esas misiones fue la iniciada en Chile, nacida en forma prematura quizás, pero que comenzó finalmente en 1870 con mucho entusiasmo y esperanza, aunque pusiera a prueba hasta el extremo la paciencia de la comunidad claretiana. Con la ayuda de los jesuitas, los misioneros aprendieron a desarrollar las misiones populares en uno de los barrios marginales más exigentes de la capital, Santiago. En dos años llegarían a ser 18 los claretianos presentes en Chile, divididos en dos comunidades. En 1873 fundarían la misión en La Serena, a 500 km de Santiago, y llegaron para ella 7 religiosos más de España. Más tarde, en el barrio de Belén, el de la primera comunidad fundadora, surgía en 1879 la primera iglesia dedicada al Corazón de María en América, la que sería elevada a la condición de basílica en 1929.

Fue significativo el servicio de los claretianos tanto a nivel de iglesia local, predicando ejercicios espirituales con notable calidad, así como en lo que atañe a lo humano-social. Aquí resaltamos la ya citada misión en el barrio marginal de Belén, donde encabezaron iniciativas de asistencia social -como “la olla del pobre”, asilos para niños,  niñas y viudas pobres-. Fue notoria la atención de los damnificados por el maremoto de 1877 en Atacama y a las del cólera en 1887 –siendo víctima de la misma el p.Berenguer cmf-, iniciativas tan significativas que el Estado chileno reconoció otorgando a la comunidad claretiana el título de “Congregación benéfica”.

La congregación claretiana en nuestro continente “con su encendida predicación misionera, con su apasionada educación en las aulas y con su entusiasta propaganda escrita fue capaz de inyectar energía y vigor en las diócesis y naciones a las que iba llegando. Los pobres encontraron en su regazo el bálsamo de la misericordia compasiva y de la dignidad liberadora[1]”. Pero, además de lo que los misioneros aportaron, viene bien puntualizar el efecto que la misión más allá de fronteras dejó al interior de la comunidad claretiana: abrió las puertas para vivir en “salida misionera” ensanchando sus pulmones misioneros; le dio flexibilidad a sus estructuras organizativas; le hizo aprender a ser fiel a su carisma misionero y a discernir su fidelidad a su identidad y al pueblo al que es enviado; los más pobres se convirtieron en sus sujetos preferenciales; y, por último, las narraciones de la misión en Chile supo encender el fervor apostólico de los más jóvenes y futuros misioneros europeos.

[1] Cfr: ¿Qué significó para la Congregación salir hacia los confines de la tierra?, del P. Carlos Sánchez Miranda, cmf – Director del Centro de Espiritualidad Claretiana. Texto extraído de la ponencia hecha en el contexto de la celebración de los 150 años de presencia en América Latina, en la que el autor ubica dicho acontecimiento en su contexto histórico. Para profundizar en su lectura se puede acceder al sitio: https://congreso.claretianosdelsur.org/el-contexto-historico-de-la-fundacion-en-america/.

La fundación de nuestro colegio Claret se ubica en el contexto de una ampliación de la misión original de la congregación claretiana -la “predicación al pueblo”- a los ámbitos parroquial y educativo, los que comienzan a tener un peso particular a la hora de elegir nuevas fundaciones. En realidad, es desde el V Capítulo General de la congregación claretiana (1888) que se adoptó plena y oficialmente el ministerio educativo. El mismo p.Claret en 1869 en sus aclaraciones a la Regla hechas en sus cartas al p.Xifré decía: “Usted, como Superior General, cuando lo permitan las circunstancias…, puede nombrar uno o dos que tengan buena letra para tener escuela de niños… Yo creo que en la actualidad son los que hacen más bien a la Iglesia y de los que más se debe esperar”.

Hacia la década de 1920 llegan los misioneros claretianos al barrio La Paternal gracias a la disponibilidad de un terreno dejado a la arquidiócesis de Buenos Aires por el canónigo D. Francisco Arreche en la esquina de Donato Álvarez y San Blas, sumado a unos 75.000 pesos y a la elección hecha por el obispo Juan A. Boneo quien optó por donar el predio a la congregación. Rápidamente y con el impulso del superior general, el p. Nicolás García, se construyó la casa de la comunidad religiosa –que se inauguraría en diciembre de 1926- y desde ella se proyectó la parroquia y el colegio.

La oportuna elección de Nuestra Señora de la Consolata como patrona de la capilla interina –otrora titulada Señora Consuelo de Afligidos– pronto atrajo a la numerosa comunidad de italianos presente en el barrio. Se fue construyendo así la base comunitaria para la fundación de una parroquia, que se hará realidad en octubre de 1928 gracias al arzobispo José Ma. Bottaro. Primeramente será construida la cripta (1930) y hacia 1962 se terminará inaugurando el templo (1962) bendecido por el nuncio Humberto Mozzoni. Hacia 1950 la parroquia ofrece servicios a un barrio que contiene unos 40.000 vecinos, con gran porcentaje de judíos.

El proyecto de colegio venía a buen ritmo ya en 1930 gracias a ayudas de la Nación, pero las obras se postergan durante 20 años por problemas financieros. Hay que recordar el contexto mundial: la Gran Depresión posterior al Crack de la Bolsa de Nueva York en 1929. El edificio –con más de 40 m. de frente y 15 de profundidad- incluía subsuelo y tres plantas, con estrechos espacios para recreación en su interior. Se retomó su construcción a fines de los años cuarenta cuando las condiciones macroeconómicas de la Argentina habían mejorado, y ya desde 1950 se pudo habilitar una serie de aulas para los cursos.

Así, el 1° de abril de ese año comenzó a funcionar con una matrícula de 200 estudiantes, de 1° a 4° grado, y gracias a su director -el p.José Baz- obtuvo reconocimiento oficial del Ministerio de Educación y el título habilitante para ejercer docencia para dos sacerdotes y tres estudiantes claretianos. Hacia 1955 había 540 alumnos, 260 de ellos medio pupilos y se contaba con una significativa organización de padres de alumnos en la Colaboración Cultural Colegio Claret (CCCC). A ella se debe la adquisición de un terreno de 42.000 m2 a unos 40 km de Buenos Aires, en la jurisdicción de Moreno, destinada a campo de deportes del colegio. 

Bajo la larga gestión directiva del p. Aurelio Ramos, integrante del cuerpo docente, y que abarcó el período de 1956 hasta su fallecimiento en 1992, se completarían las etapas escolares de jardín, primario y secundario, así como a lo que se llamó ‘Colegio Mayor Universitario Claret’, que ofrecía preparación y apoyo para disciplinas universitarias. Años después funcionaría también un terciario.

En los años ochenta se construyó un edificio que sustituyó al antiguo de la esquina de Donato Álvarez y San Blas. Consistía de cinco plantas y subsuelo. Se ubicó allí la comunidad religiosa y se amplió la capacidad del colegio a unos dos mil alumnos y se logró ofrecer un espacio más holgado para el Jardín de infantes.

Bibliografía utilizada: